Llega el buen tiempo, y con él la época de los baños en playas y piscinas. Normalmente a los niños les encanta el agua, pero hay algunos a los que les cuesta darse el primer chapuzón porque tienen un poco de miedo, sobre todo a principio de temporada.

Lo más importante es que el niño pierda el miedo al agua y por tanto hay que establecer un clima de confianza, asegurarle que no le vais a engañar (y cumplirlo) y que iréis despacito. Con niños pequeños viene muy bien establecérselo como un juego en forma de reto: “¿Vale que llegamos a la piscina, tocamos el agua con la mano y nos volvemos?” El niño a lo mejor dice que no, y debéis respetarlo. “Vale, tú no toques el agua sólo acompáñame o mírame desde aquí”. El niño os mirará sorprendido. Vosotros dirigíos a la piscina muy despacio y de puntillas exagerando los movimientos. Cuando lleguéis dudad antes de tocar el agua con la mano. “¡Qué nervios!”, le podéis decir (en el fondo es lo que él está sintiendo). Metéis la mano y os escapáis corriendo hacia donde esté él, celebrando lo sucedido. El niño se partirá de risa y pronto querrá hacer como vosotros. Así, poco a poco, vais poniendo objetivos más complejos. Vosotros sois el modelo para el niño, y si ahora no quiere no pasa nada, más tarde o mañana se vuelve a intentar.

Obligarlos a algo que no quieren no hace más que aumentar su miedo. Imaginaos que os obligan a entrar en una habitación oscura y para ello os empujan por detrás. Vosotros frenaréis con los pies para intentar no entrar (que es lo que hacen muchos niños en el bordillo de la piscina para que no los metan en el agua). Cuanto más fuerte os empujen más resistencia pondréis, y si en un momento dado os dan un empujón fuerte y acabáis dentro de la habitación os habréis llevado un susto de muerte que ha durado un segundo y que no se os olvida, por más que comprobéis que una vez dentro no os ha pasado nada. Y lo peor de todo es que habréis perdido la confianza en el que os ha empujado. Si la situación se repite estaréis alerta, y tendréis el temor de que os vuelva a empujar. Eso, además del miedo que ya teníais, os creará un gran estado de ansiedad. ¿Compensa hacer esto a un niño para que aprenda a nadar? Yo creo que no.

Una solución muy habitual es apuntar a los niños a clases de natación para que pierdan el miedo y aprendan a nadar. Algunos han estado yendo a lo largo del curso, con lo cual para ellos no es nada nuevo, pero otros se enfrentarán este verano a su primer curso de natación.

¿Qué debemos hacer si el niño, una vez empezado el cursillo, dice que ya no quiere volver? Si sabéis que es una situación difícil para el niño deberíais poneros de acuerdo con el monitor en cómo se va a actuar. Con estos niños hay que ir más despacio, no es necesario engañarlos para meterlos en el agua y, mucho menos, lanzarlos a mitad de la piscina. Ellos solos lo acabarán consiguiendo si se cumple lo que acabamos de explicar anteriormente.

Por tanto, creo que el niño debe terminar su curso de natación aunque no se cumpla el objetivo final de aprender a nadar. Y así se le felicitará por lo que ha conseguido: “Juan este año ya ha aprendido a entrar en la piscina de los mayores con los manguitos y agarrado a su profesor. Ha sido difícil, pero fíjate lo que ha conseguido”, en vez de “hemos tenido que dejar la piscina porque Juan tenía mucho miedo” o “fíjate después de un verano en la piscina todavía no has aprendido a nadar, a ver el año que viene”. La primera opción transmite optimismo y premia el esfuerzo y afán de superación, pero la segunda sólo transmite fracaso.

No importa si es con vosotros o con un monitor de natación, el objetivo es que el niño disfrute del agua y además si aprende a nadar ¡perfecto! Normalmente, viene la una seguida de la otra.