Primero hay que dejar claro qué es la disciplina, ya que muchos padres confunden disciplina con castigo. Castigar es retirar algo positivo y agradable al niño por una conducta no deseada o aplicar algo negativo o desagradable para el niño. Pero hay que tener claro que castigar no es humillar, y no se necesita pegar ni gritar. Hay padres que siguen pensando que un cachete a tiempo no viene mal. No quiero entrar en esa discusión, pero sí dejar claro a esos padres que tengan muy presente que cuando ellos dan el cachete, no están aplicando disciplina, sino transmitiendo a sus hijos “he perdido el control”.

Poner disciplina es enseñar un modo de comportarse, haciendo hincapié en lo que el niño puede conseguir y consigue, no en lo que no hace y en la queja permanente. Hay que partir de la creencia de que el niño puede conseguirlo y transmitírselo. De este modo se transmite una disciplina positiva. Cualquier actitud del niño tiene sus consecuencias. A veces serán positivas (elogios, premios…) o negativas (regañina, privarle de algo).

A continuación os ofrecemos algunos aspectos a tener en cuenta para conseguirlo:

  • Los objetivos tienen que estar claros tanto para los padres como para los hijos. Los padres deben decidir qué es importante y qué es secundario y actuar en consecuencia. No todo puede ser importante. Al mismo tiempo, el niño tiene que saber qué se espera de él. No vale el “pórtate bien”, es demasiado genérico. ¿Qué es portarse bien? Tenéis que ser claros en lo que le pedís al niño.
  • Las normas deben ser sencillas y transmitidas en positivo. Hay que seleccionar los ‘Noes’ (no toques, no hagas, no cojas…) y procurar decir al niño qué debe hacer y no lo que no debe hacer.
  • Las consecuencias de que el niño haga o no algo tienen que ser anunciadas con anterioridad (por ejemplo, mamá dice: “los niños que echan siesta ven un poquito de dibujos animados”). Si el niño se salta la norma, no hace falta regañar, simplemente se cumple la consecuencia anunciada (si no ha dormido siesta el niño no ve dibujos animados ese día). Es muy importante que siempre se cumpla con lo anunciado, tanto para bien, como para mal.
  • Las consecuencias deben ser proporcionadas en función de la importancia. No es igual pegar a un amigo que meterse un dedo en la nariz.
  • La función de una consecuencia (positiva o negativa) es ayudar al niño a autocontrolarse y afianzar sus logros o corregir sus errores, no es humillar y hacer que se sienta mal. Es una equivocación pensar que vuestro método no funciona porque el niño no llora. Muchos padres piensan que lo que hacen no está teniendo resultado porque aparentemente al niño le da igual. Yo les pregunto: ¿por qué sabéis que le da igual? Y me responden: “porque no llora, se queda tan pichi”. Aunque aparentemente no demuestre que la consecuencia le afecta seguro que preferiría no tenerla.
  • Hay que darle tiempo al niño para que vaya corrigiendo sus errores. Los cambios ni son inmediatos ni permanentes. Necesitan de una práctica guiada, y que los padres les vayamos repitiendo los modelos que deben seguir. En ese sentido también es muy importante ser constante con las medidas que empleéis. por seguir con el mismo ejemplo de antes. “Si el niño no duerme siesta, no ve dibujos”. Y esto será así siempre que no duerma siesta. No vale que un día se quede sin dibujos, otro sin ir al parque, y otro sin su juguete preferido. Tiene que ser siempre la misma consecuencia.
  • Es necesario que los padres sean coherentes con lo que exigen a su hijo y en la medida de lo posible prediquen con el ejemplo. Los niños aprenden principalmente por imitación. No podemos pedirle que no pegue a los amigos si le pegamos a él, o exigirle que no grite si le gritamos.
  • Por ejemplo si pinta en la pared, se le ofrece un papel y se le recuerda: “no se pinta en la pared, se pinta en el papel”.
  • En la medida de lo posible es conveniente poner palabras a las emociones de los niños (por ejemplo, “estás enfadado porque querías ver la tele, pero ya sabes que después de cenar no hay tele”). Esto le proporciona otra manera de manifestar su enfado que no sea solo llorar o patalear. Ya puede decirlo.
  • Aunque a veces no consiga los objetivos hay que valorar los intentos y esfuerzos que ha realizado, y no caer en la trampa de recordarle siempre lo que no ha conseguido.

Como conclusión quiero transmitir un poco de calma a los padres. No podemos ser perfectos. Seguro que todos hemos perdido los papeles en un momento dado. Lo importante es darse cuenta de que ese camino no lleva a buen puerto y no se convierta en un hábito. Y si realmente uno no sabe por dónde tirar, no está mal pedir ayuda.