Cuando los niños empiezan a caminar, lo hacen con zapatos, aunque son muchos los que cuando están en casa prefieren estar descalzos. Sobre todo cuando ya tienen la marcha totalmente adquirida disfrutan caminando descalzos. En realidad es beneficioso para ellos, sobre todo si lo hacen sobre la arena o sobre la hierba porque les ayuda a la formación del arco plantar, a mejorar el equilibrio (porque se ayuda con los dedos), a experimentar diferentes texturas y sensaciones (duro, blando, rugoso, caliente, frío…), a sentir los límites de su propio cuerpo (hay que tener cuidado de no chocarse para no hacerse daño en los dedos). Seguro que muchos padres habéis oído las recomendaciones del pediatra: “este verano que camine mucho por la playa”.

Así que ante estas recomendaciones muchos padres van con gran decisión a la playa o la piscina para disfrutar de esos beneficios. Peor seguro que a más de uno le es familiar la estampa de llegar con toda la ilusión y… ¡sorpresa! El niño no quiere pisar la arena ni la hierba. Encoge sus pies y no consiente en salir de la toalla o de los brazos de sus padres.

Lo cierto es que la mayoría de los niños no tienen ningún problema con esta situación, pero hay un porcentaje pequeño de niños a los que les cuestan los cambios. Caminar sobre una superficie que es tan diferente del suelo de casa o del cole y que tiene más desniveles a veces requiere un pequeño periodo de adaptación que puede durar horas o días. No se puede predecir de cuánto tiempo necesita el niño, pero los papás podéis ayudarle a superar este reto. Lo que nunca se debe hacer es dejar de ir a la playa o piscina porque el niño no quiere pisar la arena. Evitarle situaciones difíciles no le ayuda ni a afrontar ni a superar el problema, que es el objetivo. No es la primera vez que tratamos el tema de los miedos, así que aunque esto sea un miedo ‘menor’, no le debemos quitar importancia y proceder del mismo modo.

Lo primero es actuar con calma, y respetar al niño en su deseo de no pisar la arena. Cuanto más le forcéis más se resistirá. Lo segundo y más importante es que le hagáis de modelo al niño con sus reacciones, y que convirtáis esa situación incómoda en un juego, para lo cual:

  • Uno de vosotros se pone a su lado, y os colocáis bien dentro de la toalla.
  • Le calmáis y le reconfortáis hasta que el niño esté tranquilo.
  • Cuando hayáis conseguido tranquilizarlo: no le engañéis, sino perderá la confianza en vosotros y se pondrá más nervioso.
  • Empezad a sacar un pie a la hierba y a meterlo otra vez rápido y que os de la risa (¡Ay, ay, ay, que cosquillas! Tú no pruebes, mira). El niño se quedará sorprendido, y mostrará cierto recelo en imitaros, pero si lo vais repitiendo al final crearéis el deseo y lo más probable es que os imite.
  • Otra opción es que le aviséis de que su pie va a tocar la arena rapidísimo. Le acercáis el pie y se lo retiráis rápidamente y os reís. Una vez él y otra vosotros. Así poco a poco.

No olvidéis que vosotros sois su modelo y su guía. El objetivo es que hagáis un acercamiento gradual desdramatizando la situación y sin forzar al niño. Aunque al principio rechace, si le dais tiempo y le demostráis que confiáis en él lo conseguirá y podrá disfrutar de todos los beneficios de caminar, correr y jugar por la playa y por el césped de la piscina.