La ictericia es el color amarillo que adoptan la piel y las mucosas (el interior de la boca y la conjuntiva del ojo) cuando la cantidad de bilirrubina que circula en la sangre, normalmente por debajo de 1 mg/100 ml, excede los 5 mg/100 ml. La bilirrubina es la sustancia en que se transforma la hemoglobina de los glóbulos rojos sanguíneos cuando estos envejecen y son destruidos, y que el hígado se encarga de transformar y eliminar con la bilis a las heces.

En el recién nacido se dan dos circunstancias que provocan un aumento de bilirrubina que en muchos casos supera la cifra a partir de la que ya se colorean de amarillo la piel y las mucosas. Por un lado, nace con muchos hematíes o glóbulos rojos que debe destruir, porque en la vida fetal el oxígeno no llega a su sangre con mucha presión, y uno de los mecanismos por medio de los que compensa ese déficit es disponiendo de muchos hematíes para transportarlo. Una vez que empieza a respirar normalmente, ya puede prescindir de ese exceso y al hacerlo, aumenta la cantidad de ese residuo que es la bilirrubina. Pero, por otro lado, el hígado que debiera captarla y prepararla para ser eliminada es todavía relativamente inmaduro y se ve literalmente desbordado por la gran carga de bilirrubina que le llega. En consecuencia, se va acumulando en la sangre.

La bilirrubina se halla, pues, en niveles elevados en todos los recién nacidos, aunque no siempre lo esté tanto como para que la piel se vea amarilla (se observa mejor presionando la piel de la frente o el abdomen) y, en principio, no es preciso hacer nada para acelerar su retorno a la normalidad.

Sin embargo, la ictericia plantea un doble problema. En primer lugar, no siempre es fisiológica. Cualquier enfermedad que aumente la destrucción de los glóbulos rojos (hemólisis) o en la que se halle alterada la eliminación de bilirrubina, podría manifestarse por una ictericia. Entre las primeras se hallan infrecuentes anemias hemolíticas hereditarias, pero también la hasta hace muy poco frecuentísima enfermedad causada por la incompatibilidad de Rh y la producida por incompatibilidad de grupo ABO. Entre las segundas, además de raras enfermedades del metabolismo, se incluyen infecciones y malformaciones que pueden afectar al hígado, hepatitis de diversos tipos y fallos en el desarrollo de las vías biliares.

En principio, se considera normal cualquier ictericia que se inicie a partir del segundo o tercer día de vida, que no dure más de 10 días y que no se asocie a ningún otro signo ni síntoma sospechoso. La que se observa ya en las primeras 24 horas de vida puede ser grave y requiere valoración inmediata, y respecto a las ictericias prolongadas, aunque la mayoría son inocentes y debidas a una sustancia inofensiva presente en la leche materna, deben ser siempre estudiadas por el pediatra.

Pero si el primer problema ante una ictericia es averiguar su causa, el segundo es evitar sus consecuencias, porque hay un tipo de bilirrubina (la llamada “indirecta”, que no ha sido transformada por el hígado) que a altas concentraciones es capaz de lesionar el sistema nervioso central del bebé de forma irreversible. Esto es tanto más cierto cuanto más inmaduro y pequeño es el niño, de modo que los valores a partir de los que se considera que un nivel de bilirrubina es peligroso dependen de las horas de vida del bebé, y sobre todo, de su edad gestacional. Los que se hallan expuestos a mayor riesgo son los prematuros que presentan ictericia desde las pocas horas de vida.

Además de tratar su causa en la medida de lo posible, se puede hacer descender la bilirrubina de la sangre con medicamentos que estimulan el hígado, por medio de la fototerapia o, en casos extremos, practicando una “exsanguinotransfusión” en la que se reemplaza la sangre del bebé por otra nueva. Con mucho, la fototerapia ha sido el procedimiento más utilizado. Se fundamenta en la capacidad que tiene la luz para convertir la bilirrubina en un derivado que el organismo elimina fácilmente, y se aplica por medio de unos tubos fluorescentes que se mantienen encendidos día y noche encima de la cuna o incubadora en la que se halla el bebé, al que se le han protegido los ojos por medio de una venda.

Durante unos años, el temor al daño que pudiera hacer la bilirrubina llevó a tratar por este método a muchos bebés que hoy se cree no lo necesitaban, y lo cierto es que las indicaciones para este o cualquier tratamiento que pretenda disminuir los niveles de bilirrubina en sangre se han limitado mucho. Desde luego, no es necesario poner al sol a un bebé por el simple hecho de que esté algo amarillo, pues los valores de bilirrubina que puede alcanzar un niño sano con una ictericia fisiológica no le pueden causar el menor daño.