Seguro que muchas de vosotras, después de un fin de semana de barbacoa con los amigos, de interminables sesiones de cine doméstico con kilos y kilos de palomitas, de sabrosas cenas de vuestra pizza favorita, habéis repetido esta frase cientos de veces: “el lunes empiezo la dieta, esto no puede seguir así, el lunes me pongo a rajatabla”…ingenua.

Y llega el dichoso lunes, con el compromiso adquirido el fin de semana ante tus amigos, tu familia, y lo que es peor, tu pareja. Y como no, tu queridísimo compañero es el primero que te recuerda…¿no empezabas hoy con la dieta?…te entran ganas de ahogarlo. A lo que tu respondes toda digna: “si, si, claro que hoy empiezo la dieta”. Y a partir de ese momento empieza la búsqueda de mil potingues que te ayudan (otra vez ingenua) a adelgazar, te compras cientos de revistas especializadas, con mujeres espectaculares, que con una sonrisa de oreja a oreja te recomiendan trucos de adelgazamiento. Pero que sabrán ellas, ellas ya nacieron “a dieta” y no tienen la más remota idea de lo que significa pasar hambre, porque entre otras cosas, ellas nunca comen.

Después de todo esto, te sientas relajadamente frente al ordenador, y te dedicas a almacenar en favoritos todas las páginas web donde aparezca la palabra “adelgazar”, y te imprimes todas las dietas habidas y por haber (bueno, por fin le sacamos rentabilidad a la impresora que compramos hace tres meses). Con toda esa información, compones una mezcla, cogiendo lo que más te gusta de cada una de ellas, y por fin, ya la tenemos, la dieta ideal.

A partir de este momento, comienza una relación de amor-odio con tu báscula. La visitas varias veces al día, sobre todo antes y después de comer, comprobado como subes unos gramos, y en ese momento sientes un impulso irrefrenable de lanzar el dichoso aparato por la ventana. Y todo por el mal carácter que se te pone, debido a la dieta, claro. Y tu mal carácter lo pagas con el que tienes al lado, tu pareja, que después de aguantarte durante varios días, va y te dice: “pues yo te veo muy bien, no te obsesiones”. Claro, que te dice esto, porque está harto de comer lechuga. Porque, le haga falta o no adelgazar, el siempre come lo mismo que tú, faltaría más, cocinamos nosotras.

Y a continuación, la frase favorita de los hombres: “es que a las mujeres os gusta estar muy delgadas, pero ¿habéis preguntado alguna a un hombre como nos gustan a nosotros la mujeres?”, porque hay un porcentaje muy alto que le gustan rellenitas, que haya donde coger. Y se te encienden todas las venas del cuello, pero pedazo de cínico, cuando te das la vuelta para mirar a las chicas por la calle, y babeas como un perro en celo, resulta que son todas delgaditas y con un tipazo de impresión…y no veo por ningún lado la carne para coger…de las que te decía antes que llevan toda la vida a dieta.

Y en ese momento te paras a pensar, ¿y ellos qué?, ¿y esa barriguita cervecera? Que este verano, el socorrista de la piscina le llamo la atención a mi chico…oiga, ¿no sabe usted que están prohibidos los flotadores dentro de la piscina?, que vergüenza, por dios. Pues tú a ellos nunca les dices nada, aunque también se te va la vista con el tipazo de “el duque”.

En fin, yo creo que este es el cuento de nunca acabar, soltamos unos kilos antes del verano para volverlos a coger con las paellas y las raciones de pescadito frito. Y el primer lunes de septiembre volvemos otra vez a la carga, para volver a coger los kilos perdidos con el mazapán y los turrones en Navidad. Y el primer lunes después de reyes, otra vez a la carga, a ver si conseguimos que vuelva a entrarnos el bikini del verano pasado. Y nos pasamos la vida a dieta.

El único consejo bueno en estos casos, es que si te sientes bien con tus kilillos de más, pues adelante, quédatelos, que tuyos son. Y si por el contrario, crees que estarías mas mona con algún centímetro menos, adelante.

Por cierto, yo el lunes empiezo con la dieta.